viernes, 10 de agosto de 2012

Oscurecido en las tinieblas, con una pequeña luz que cada vez que lo veía alcanzaba para iluminarlo todo.
La misma luz se rinde ante la gravedad de la situación con la que me enfrentaba; sabía que éramos amigos y nada más, deseando que fuésemos más que eso, mi corazón se destruía como una copa de cristal a la que uno deja caer al piso sin razón alguna cada vez que pensaba lo que ocurría.
Era la última gota para que mi vaso esté completo, me sentía bien estando al lado de él, no me importaba nada.
Caminando por la noche, con la neblina que acaparaba las calles... el silencio era absoluto, solamente se escuchaban los pasos sobre el barro.
Hablábamos para llenar ese silencio, estaba totalmente plasmada en el sonido de su voz.
Patéticamente, acobardada por mis sentimientos y mis inseguridades, sonrojándome cada vez que hablaba, apretaba mis labios con tal fuerza para poder guardarme todas las palabras que le quería decir.
El corazón quería salir por la boca a través de palabras, pero no lo dejé... repentinamente volvió a oscurecer     apoderándose de la luz que había nacido al verlo, rendida la luz se ocultó... pero nunca dejó de brillar.

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